Desarrollo de la Teoría Feminista
octubre 26, 2010
1. ESTUDIOS DE LA MUJER.
Los Estudios de la Mujer los podemos definir como aquellos que tienen la finalidad de democratizar los espacios productores de conocimiento, donde las mujeres no se sienten representadas por estar excluidas como sujetos y objetos de estudio, y podemos considerarlos una nueva empresa intelectual que impulsa la creación y recreación de un conjunto de normas alternativas al sentido común hegemónico y que sus implicaciones tienen un alto grado de significación en todos los ámbitos de la vida política, intelectual y social.
Estos estudios se pueden considerar un fenómeno reciente, podemos decir que se iniciaron alrededor de la década de los 60, comenzando en los países más desarrollados económicamente y donde ya había permeado el discurso social ante la presión de un colectivo de mujeres y, en especial, del movimiento feminista. Su objetivo primordial sigue siendo la constitución de un espacio verdaderamente común entre hombres y mujeres, lo que necesariamente ha llevado a incidir sobre la teoría de la igualdad, entendida ésta ahora, tras largos años de reflexión y matizaciones, no como igualación de identidades sino como paridad de derechos.
Los Estudios de la Mujer se enmarcan en un movimiento social más amplio denominado “Women Lib”. Se le ha presentado como un movimiento nuevo, pero sus primeras manifestaciones las tiene en el siglo XIX, y sus raíces anteriores arrancan del ideario de la revolución francesa. Este movimiento toma como unidad de medida a los individuos ya que es producto lógico de una sociedad que ha gestado una ideología basada en la libertad y la igualdad. Por esto Celia Amorós lo denomina “Feminismo Ilustrado” como clara referencia de donde parten las premisas del movimiento de liberación de la mujer.
La década de los 70 es muy significativa para el movimiento de las mujeres, pues si bien se sienten herederas del movimiento sufragista, entienden que los análisis teóricos de éste no fueron suficientes para explicar los mecanismos por medio de los cuales se origina y se mantiene la condición femenina; es en este período donde se utiliza por primera vez el concepto patriarcado (Kate Millet, 1970) para definir el sistema social que origina y reproduce un sistema de valores en franca desigualdad para las mujeres, y que es el intento más sistemático de análisis sobre los factores que condicionan la situación social de las mujeres. A partir de esto muchas investigadoras feministas lo incorporan a su reflexión teórica aunque dándole diferentes contenidos, y es así como desde diferentes ámbitos del saber, empiezan a cuestionar los fundamentos de la(s) ciencia(s) junto con sus principios de “universalidad” e “igualdad” así como a revisar las orientaciones sexistas y los olvidos de los saberes considerados neutros: psicología, antropología, historia, sociología, ciencias de la comunicación, derecho, entre otros.
A partir de estos planteamientos, los Estudios de la Mujer se convierten en generadores de conciencia entre los círculos estudiantiles, académicos, intelectuales y de militancia feminista. Se empiezan a impartir cursos, talleres, seminarios donde existen planteamientos innovadores respecto a los métodos pedagógicos y de investigación. Y con el tiempo se empiezan a definir cono una corriente interdisciplinaria y multidisciplinaria con un carácter heterogéneo en sus marcos teóricos, metodológicos e instrumentales.
Es difícil separar en estos años la producción ideológica de la académica. La primera se nutre de los escritos y el trabajo de profesionales de la investigación, por tanto las investigadoras entienden que su trabajo científico no puede estar al margen de compromiso político con el feminismo, con lo cual queremos expresar que existió una estrecha vinculación entre ambos. Lo que sí está claro es que ésta re-visión y re-definición de conceptos tienen la convicción de que las mujeres dejen de ser “el segundo sexo”, como ya lo dijo Simone de Beauvoir, para adquirir legítimamente la categoría de “sujeto” que le corresponde. Por otro lado, al entrar al mundo académico, se han ampliado fronteras, ya que las evaluaciones son constructivas tanto para las perspectivas femeninas como para las masculinas. Por tanto podemos afirmar que el mundo académico ha sido enriquecido, no sólo por ampliar las perspectivas del saber, o de proporcionar una diversidad metodológica, sino que también se ha actuado sobre el mismo contenido del saber: la mujer contribuyó a la historia, a la literatura, al arte, a la medicina, al derecho. Podemos decir que los Estudios de la Mujer han significado una revolución del conocimiento, y su impacto se traduce básicamente en el campo humanístico y de las ciencias sociales.
Mabel Belluci nos presenta un interesante balance a la pregunta ¿hacía dónde apuntan los Estudios de la Mujer? y transcribimos a continuación los puntos que ella propone:
a) Cuestionar el cuerpo de conocimiento acumulado o saber científico tradicional, que oculta el compromiso de la investigación con supuestos básicos sobre la inferioridad.
b) Resignificar el conocimiento científico no ya como patrimonio masculino sino universal. En ese compromiso se establecen paradigmas alternativos de acuerdo con la actuación que se tenga sobre la realidad. Todo compromiso científico supone la explicitación del compromiso político. Tal como plantea M. Jesús Izquierdo, “el objeto de estudio científico queda prefigurado por el objeto y el objetivo político”.
c) Recategorizar la cultura a partir de la dialéctica sexual como una construcción androcentrista del mundo, en la cual las mujeres son excluidas y omitidas como sujetos y productoras de hechos y conocimientos, o incluidas de forma subordinada bajo parámetros masculinos.
d) Indagar quién ha sido el sujeto histórico en cada sociedad concreta, que detenta su control hegemónico.
e) Analizar las relaciones de poder centradas no sólo en el sexo sino también en la edad, la raza, la clase y la nacionalidad; ya que en el perverso enlace entre el saber y el poder se construye una cultura racista, clasista y monosexuada.
f) Interrogarse en torno de la hegemonía viril y las restantes y múltiples formas del ordenamiento hegemónico de la vida social. En definitiva, por la relación entre práctica social y elaboraciones teóricas e ideológicas que la legitiman y perpetúan.
g) Analizar críticamente los supuestos básicos de cada cuerpo disciplinario para proponer nuevas categorías analíticas y marcos teóricos particulares -en cuanto a la desigualdad de género- y globales -en cuanto a todas las formas de desigualdad social-.
h) Generar nuevos conocimientos para interpretar los conflictos de género e ir ampliando las conquistas, por parte del colectivo femenino, en los espacios públicos, ya que el conocimiento no es sólo el saber abstracto sino la aplicación de ese saber en el orden simbólico y material.
i) Constituirse como un medio necesario y básico para difundir los intereses, las demandas y los logros del colectivo femenino dentro del movimiento social de mujeres y dentro de otros movimientos autogestivos de contestación.
Toda esta actividad ha dado como consecuencia una nutrida aparición de investigaciones que desde distintas posiciones, escuelas y/o corrientes, muchas teóricas y teóricos intentan desenmascarar lo que Celia Amorós ha denominado “razón patriarcal” desde una clara visión feminista, y a la vez perfilar nuevas alternativas para una nueva forma de analizar, y comprender el mundo y las relaciones sociales partiendo de una premisa básica que demuestra que el saber y la cultura no son neutras ni objetivas.
A este respecto podemos decir que el saber, como toda construcción humana, está moldeado por las condiciones económicas, sociales e históricas de la sociedad en donde se desarrolla, por tanto el saber científico, la investigación y la cultura, son discursos construidos por el poder hegemónico masculino y presentados como discursos presuntamente universalistas, en donde supuestamente se incluye “la otredad”:
“Es evidente que la ciencia no existe en estado puro y que, desde la dirección en que se investiga hasta la interpretación que se hace de lo investigado, todo el proceso está sujeto a la impregnación cultural de las personas que en él intervienen, las cuales, por objetivas que pretendan ser, no pueden a pesar de todo sustraerse a sí mismas”
Como podemos apreciar, las aportaciones hechas a través de los Estudios de la Mujer son muy importantes sobre todo porque abrieron una interrogante crítica en el espacio académico. Por lo tanto podemos considerarlos clave para la transformación de la cosmovisión de las mujeres y para el desarrollo de una perspectiva feminista en las diferentes ciencias. Pero también ha existido la crítica hacia el interior de ellos y se han demostrado las limitaciones por la perspectiva unidireccional con el que han encarado su objeto de estudio:
“Desde esta manera de enfocar el problema estudiar a las mujeres, remite, justamente, a disponer de una visión no total ya que el otro no es pensado, significado, ni de-construido a la par de su opuesto. Por lo tanto, resulta básicamente complejo detenerse a revisar sólo los cambios que hace una pieza del damero y no tener en cuenta los efectos que producen sus movimientos sobre el conjunto. “
Las estrategias y las metodologías montadas por los Estudios de la Mujer han tenido como objeto hacer visible lo que se mostraba invisible para la sociedad. Cuestión que se reveló útil en la medida en que permitió -y aún permite- mostrar el espacio en el que las mujeres habían sido social y subjetivamente colocadas; desmontar la pretendida “naturalización” de la división socio-sexual del trabajo; revisar su exclusión en lo público y su sujeción en lo privado, así como cuestionar la retórica presuntamente universalista de la ideología patriarcal.
2. ESTUDIOS DE GÉNERO
Por tanto, podemos hablar de forma esquemática de un primer momento metodológico, consistente en la recuperación de la visibilidad de las mujeres, en donde se considera a la mujer y a lo femenino como objeto de estudio (familia, sexualidad, entre otros). A la mujer se le conceptualiza como igual al hombre, se tiene una posición crítica pero se asume la ontología, la epistemología o la política de los discursos existentes, es decir que en esta fase existe un interés por los “temas de mujeres”; etapa que correspondería a los llamados Estudios de la Mujer. Una segunda fase es la que sitúa a la mujer “con relación a”, es decir, las relaciones de género, tratando de descubrir, de investigar, las relaciones sociales, las prácticas sociales, que crean “roles” en función del género: se cuestionan, analizan y examinan seriamente los compromisos ontológicos, epistemológicos y políticos que subyacen en los discursos patriarcales, así como los métodos, procedimientos y técnicas de la investigación científica, se presenta a las mujeres como sujeto y objeto de conocimiento, y se desarrollan perspectivas no “sobre” o “acerca” de mujeres y temas de mujeres sino sobre cualquier teoría o sistema de representación.
A partir de los resultados y experiencias obtenidas a través de los Estudios de la Mujer, en la década de los 80, se comienza a perfilar una corriente mas abarcadora e incluyente en donde se buscan nuevas formas de construcciones de sentido que, por un lado permita avanzar sobre la “dialéctica de los sexos” y por otro se salga de una visión simplista que podría denominarse mujerismo. Esta es la tendencia más extendida hoy día y que se propone aplicar la perspectiva de lectura de la diferencia de los sexos en todos los objetos de conocimiento, siendo sus dos características esenciales: reconocer la sexuación del saber, y hacer aparecer la realidad de las tensiones resultantes del status diferencial de hombres y mujeres.
Los Estudios de Género, hoy día, están integrados dentro de la enseñanza formal de las Universidades. Por otro lado parece ser que la tendencia, sobre todo en los países desarrollados económicamente, es integrar dentro de los programas generales asignaturas de Estudios de Género sin que éstos se conviertan en una especialización. Aunque también existen estudios especializados que van desde Masters a Seminarios de Estudios de la Mujer, Ciclos de Conferencias y Congresos.
Los Estudios de Género han propiciado la creación de numerosas publicaciones tanto especializadas como monográficas, interdisciplinarias o específicas; también han dado lugar a Asociaciones Universitarias, Asociaciones de Investigadoras, Institutos de Investigaciones Feministas, entre otras, a partir de las cuales se organizan Foros y se integran Redes nacionales e internacionales.
3. TEORÍA FEMINISTA
“La teoría es fundamental para cualquier movimiento revolucionario. Nuestra teoría nos da la descripción de los problemas a los cuales nos enfrentamos, proporciona un análisis de las fuerzas que sostienen la vida social, determina los problemas sobre los que nos deberíamos concentrar y actúa como conjunto de criterios para evaluar las estrategias que desarrollamos. Pero la teoría desempeña un papel todavía más amplio. Como ha señalado Antonio Gramsci. Así, pues, la teoría puede ser en sí misma una fuerza para el cambio.”
Sin embargo, está la propuesta que nuestra comprensión de la teoría se amplíe en una dirección diferente:
“Es necesario entender que teorizar no es sólo una actividad de los intelectuales académicos sino que la teoría está siempre implícita en nuestras actividades y las penetra tan profundamente hasta incluir la propia comprensión que tenemos de la realidad. La teoría no sólo está implícita en nuestra concepción del mundo, sino que nuestra concepción del mundo es en sí misma una elección política.”
Una vez hecha la anterior consideración, tenemos que, el bagaje metodológico desarrollado durante los últimos años a partir de los Estudios de la Mujer y posteriormente en los Estudios de Género, han dado como resultado un corpus de investigaciones que vienen a constituir lo que se denomina Teoría Feminista. Esta tiene como objetivos intelectuales la orientación hacia la creación y desarrollo de un cuerpo de conocimientos que de información sistemática, comprensiva y correcta de cómo transformar las pautas interpretativas patriarcales que fundamentan y reproducen la subordinación de las mujeres, así como a crear nuevos paradigmas de conocimiento y nuevas metodologías para la investigación. En este sentido podemos decir que estos estudios tienen una fuerza y una originalidad en sus planteamientos y aportaciones que, salvo honrosas excepciones, siguen sin reconocerse plenamente.
“… la tarea teórica del feminismo aparece como una necesidad ineludible, como una urgencia política, con unas bases mínimas que nos permitan ya avanzar y que debe contemplar no sólo el problema de la relación hombre-mujer, sino también la relación entre mujeres y, como diría Braidotti, la relación con esa mujer que soy yo (un yo monolítico). Mujer, filósofa, feminista. Dicho de otro modo, identidad, género y política responden a la peculiaridad y especificidad de la teoría feminista.”
Como bien señala esta investigadora, el desarrollo de la teoría feminista nos obliga a reconocer la naturaleza implícita política del pensar. Para el feminismo el compromiso con el pensamiento es antes que nada un acto político: apropiación y utilización de los medios de interpretación y producción teórica.
Consiguientemente, la Teoría Feminista muestra que los discursos patriarcales no son modelos neutrales, universales o incuestionables sino que son efecto de las específicas posiciones (políticas) ocupadas por los hombres. El compromiso de la teoría feminista no es un compromiso intelectual con la verdad, la objetividad y la neutralidad, sino el reconocimiento de sus condiciones de producción. Acepta que el que conoce siempre ocupa una posición espacial, temporal, sexual y política. Así pues, la Teoría Feminista tiene el mérito de ser capaz de afirmar activamente su propia posición política y de aceptar que está motivada por los fines y estrategias que orientan la creación de una autonomía para las mujeres. Es, consiguientemente, una estrategia crítica y constructiva. Es una teoría-práctica, también, en la medida en que tiene como objetivo la destrucción de la misoginia y sus supuestos fundamentales, estableciendo una influencia positiva sobre el día a día y las interacciones estructurales entre los sexos. Reconoce la historia y la materialidad, no se sitúa más allá de la historia y fuera del poder. Desde esta perspectiva el desafío del feminismo está en construir, en lograr un “espacio discursivo” para las mujeres, atento a los peligros de falso universalismo, de idealización del punto de vista femenino (no victimismo) que toma en consideración las diferentes experiencias de las mujeres.
Y siguiendo con María Xosé Agra podemos concluir que la Teoría Feminista debe intentar nuevas vías de teorización sin que por esto tenga que renunciar a la deconstrucción y a la reconstrucción. Sin renunciar al compromiso político que subyace y articula todo el discurso feminista. También existe un claro consenso en la caracterización del feminismo como teoría crítica. En este sentido hay que insistir en la riqueza y originalidad de los planteamientos y aportaciones de la teoría feminista. Todo esto hace que la teoría feminista se plantee como una necesidad ineludible, una urgencia política, y que con el planteamiento de unas bases mínimas se pueda ya avanzar, contemplando no solo el problema de la relación hombres-mujeres, sino también la relación entre mujeres. Dicho de otro modo, identidad, género y política responden a la peculiaridad y especificidad de la teoría crítica feminista.
“También destacábamos la diversidad que caracteriza al feminismo y la imposibilidad de, en el momento actual, proceder a su sistematización, dado que no hay síntesis final. No obstante, hay una serie de cuestiones compartidas que no se deberían pasar por alto. “
Las cuestiones a las que se refiere esta investigadora tienen que ver con la multiplicidad de temas que introduce el feminismo así como los problemas de legitimación que plantea, renuevan y ensanchan las disciplinas tradicionales: la referencia explícita a la cuestión de la “corporalidad”, la noción de sujeto socialmente construido y los problemas en torno a la identidad, la necesidad de una genealogía de las mujeres y la utopía mínima que canaliza el ansia de emancipación del movimiento de mujeres, son algunos puntos en los que se constata una confluencia significativa.
Para concluir se puede decir que la Teoría Feminista no es un discurso rival o competitivo, ni una mera explicación científica, sino que se puede considerar una estrategia la cual permita reconocer las formas abiertas o encubiertas de misoginia en el discurso patriarcal, y además afirma la posibilidad de construcción de otras alternativas.
(Artículo publicado en la Revista Gaceta, U.V. Enero-junio 2009)
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1 Belluci, Mabel. “De los Estudios de la Mujer a los Estudios de Género: han recorrido un largo camino…”, en Fernández, Ana. Ma. (comp.) (1992). Las Mujeres en la Imaginación Colectiva. Una historia de discriminación y resistencia. Buenos Aires. Piados, p.34
2 Amorós, Celia. (1990) “El feminismo: senda no transitada de la Ilustración” en Isegoría No. 1 mayo. Madrid.
3 Astelarra, Judith (1988). “El Patriarcado como realidad social”, en Mujer y Realidad Social. II Congreso Mundial Vasco. San Sebastián. Servicio Editorial de la U. del País Vasco, p. 42
4 Belluci, Mabel. Op. cit., p. 32
5 Amorós, Celia (1985). Hacia una crítica de la razón patriarcal. Barcelona. Antrhopos.
6 Sau, Victoria (1986). Aportaciones para una lógica del feminismo. Cuadernos Inacabados. Barcelona. La sal. Ediciones de les dones, p. 14
7 Belluci, Mabel. Op. cit., p. 47
8 Agra, María Xosé. “Feminismo y Política”, en Teoría Feminista: Identidad, Género y Política en Arantza Campos y Lourdes Méndez (ed). Teoría Feminista: Identidad, género y política. San Sebastián. Universidad del País Vasco, p. 25
9 Einsenstein, Zillah R. (1980). Patriarcado capitalista y feminismo socialista. Siglo Veintiuno. México, p. 62
10 Ibidem, p. 63
11 Agra, María José (1993). Op. cit., p. 16
12 Ibidem, p. 19
13 Ibidem, p. 24